El título del presente artículo parece el de una novela de John Le Carré o Frederik Forsyth. Pero no es así. Tampoco tiene nada que ver con otro informe, el Pelícano, de John Grisham.

En febrero de 2026, una pequeña empresa norteamericana de análisis financiero con sede en Nueva York, Citrini Research, publicó un informe que se propagó rápidamente por lo alarmante del contexto propuesto. Trataba sobre el impacto inmediato en nuestras sociedades de la implantación acelerada y masiva de las inteligencias artificiales (IA).

Dicho documento causó miedo en los mercados de valores, de tal manera que, tras su publicación, el S&P500 reflejó caídas de hasta un 1,6%. No parece gran cosa, pero teniendo en cuenta que el índice norteamericano de las 500 mayores empresas mueve de media unos 300.000 millones de dólares diarios, el susto representó pérdidas de unos 4800 millones de dólares en poco tiempo.

El título del informe en cuestión es The Global Intelligence Crisis. Lo más relevante que presenta es un hipotético escenario para 2028, donde las IA podrían desencadenar una de las mayores crisis económicas de nuestra historia, si antes no lo remediamos. Vean que hablo de ellas siempre en plural, ya que existen múltiples sistemas de IA con diferentes grados de desarrollo y funcionalidad.

La tormenta perfecta

Pero ¿qué hay de ficción y realidad en el informe para generar tanto temor en tan poco tiempo?

No habla del fracaso en la puesta en marcha de estas tecnologías sino de su éxito, su proliferación masiva y uso indiscriminado, junto a sus reducidos costes de implantación. El reporte sostiene que si las inteligencias humanas (IH) dejan de ser necesarias en numerosos procesos productivos, el valor del trabajo cualificado disminuirá. Esto acarrearía un enorme terremoto en el mercado laboral a todos los niveles.

El informe plantea que la inteligencia humana podría dejar de considerarse un recurso escaso

En este escenario crece la productividad, pero al mismo tiempo parte de la mano de obra humana deja de ser necesaria. Los estados se ven obligados a aumentar el gasto social para proteger a los nuevos desempleados, mientras disminuye la recaudación tributaria y las familias disponen de menos recursos con un mayor nivel de endeudamiento. Por tanto, cae el consumo y se incrementan las tensiones sociales, decrecen los créditos solicitados, las hipotecas se desploman. Las empresas venden menos y se reducen los beneficios empresariales, comprometiendo incluso su continuidad.

Además, aparece un PIB (Producto Interior Bruto) fantasma, que los norteamericanos llaman Ghost GDP (Gross Domestic Product). En él, aumenta y se hace más eficiente la producción de bienes y servicios por las mencionadas IA, pero una parte creciente de la población, aquella con menor poder adquisitivo, no puede adquirirlos.

De este modo, si bien mejoran los datos macroeconómicos de los países, los microeconómicos empeoran y no se traducen en valor real para los ciudadanos, empobreciéndose más las finanzas domésticas. Una economía más eficiente sobre el papel, pero potencialmente más desigual en la práctica ¡Estamos ante la tormenta perfecta!

Un toque de atención

El informe habla de que en 2028 el desempleo en EE.UU. podría superar el 10% y el S&P500 caería un 38% (S&P500 y una caída de 38%: la hipótesis de Citrini que inquietó a Wall Street). Si bien comparando estas cifras no parecen tener el impacto que tuvo la crisis histórica de 1929 a 1932, donde el paro fue del 25% y la caída del índice Dow Jones fue del 89%, sí es para tenerlo, al menos, en cuenta.

Otra crisis más reciente, como la del 2008, debida a las Subprime Mortgages, préstamos hipotecarios de alto riesgo con posterior escasez de crédito, tampoco fue similar, pues en esta el paro llegó al 10% y las pérdidas en bolsa fueron del 57%. La repercusión duró tres años y sus consecuencias se dejaron sentir hasta 2014.

El Informe Citrini es un toque de atención. Presenta la inquietante tesis de que incluso si una tecnología es exitosa, con una implantación acelerada y no asumida por personas ni organizaciones, puede provocar significativas caídas bursátiles y, lo que es más grave, un desempleo mayor entre la fuerza laboral humana. No es una predicción sino un escenario que alerta sobre riesgos estructurales y carencias de nuestro modelo productivo.

Según datos de la OIT (Organización Internacional del Trabajo) y de la ETF (European Training Foundation) sí parece claro que hay sectores que quedarán más expuestos. La destrucción de empleos se cebará en puestos administrativos, tareas rutinarias y trabajadores de cuello blanco de perfil intermedio, tema este señalado desde hace bastante tiempo por numerosos analistas. En contrapartida la generación de empleos vendrá desde la parte técnica de alta cualificación, como ingenierías, carreras de ciencias, diseño de algoritmos, manejo de big data, programación y ciberseguridad, que permitirán nuevos negocios digitales: Digital Biz.

La aplicación de políticas serias, estratégicas y consensuadas a largo plazo por parte de los gobiernos se hace más necesaria que nunca para preparar una nueva fuerza laboral y aguantar el impacto. Desconocemos cual será el efecto neto entre destrucción y creación de empleo, pues dependerá de la velocidad de adaptación educativa, empresarial y política.

El papel de las personas

Uno de los aspectos más relevantes del informe en su planteamiento es que las IH podrían dejar de considerarse un recurso escaso. En mi opinión, y aquí no coincido con dicho reporte, siguen siendo cada día más valiosas las aportaciones humanas con método, reflexión, razonamiento y experiencia; con esa mezcla de propósito, interés, sueños, retos, inventiva, empatía, sentimientos y emociones, y también, por qué no, de sentido del humor ante la adversidad, algo de lo que carecen las IA, por ahora.

La inquietud, sin embargo, ha echado raíces en el debate económico y social. Ya estamos viendo las primeras consecuencias en forma de despidos de personal en grandes empresas, con el pretexto de la adopción de unas IA cada vez mejores y una competencia global en aumento.

Por su parte, podremos ver nacer nuevos impuestos que graven actividades que puedan dañar a la colectividad para corregir externalidades negativas (impuestos pigouvianos) y que acaben pagando los menos favorecidos, con subidas de precios por los mismos bienes.

Lo que sí parece cierto es que no estamos preparados para un escenario que se mueve en continuo y exponencial, frente a nosotros, los humanos, que lo hacemos en incremental y lineal. Esto ha suscitado que vuelva a hablarse de una renta universal por ciudadano y de poner un impuesto a las máquinas. Aquí abrimos dos temas complejísimos, con muchas aristas, como el alcance, la financiación o el control político, por no hablar de problemas psicológicos y sociales que merecen discusión detallada aparte.

El astrónomo y divulgador científico Carl Sagan anunciaba en su libro El Mundo y sus Demonios, de 1995, que la receta para el desastre es crear una civilización basada en la ciencia y tecnología, donde casi nadie entiende de ciencia y tecnología. Esta mezcla de ignorancia, desinterés y poder, puede explotarnos más pronto que tarde, y existen indicios de que ya estamos recorriendo ese camino.

Carl Sagan advertía con lucidez de que el riesgo no son los avances técnicos per se, sino una sociedad cada vez más dependiente de ellos y menos preparada para comprenderlos.

“Hemos preparado una civilización global en la cual la mayoría de los elementos cruciales dependen profundamente de la ciencia y la tecnología. También hemos dispuesto las cosas de tal forma que casi nadie comprende la ciencia y la tecnología. Esto es la receta para el desastre. Puede que podamos seguir así por un tiempo, pero tarde o temprano esta mezcla explosiva de ignorancia y poder nos explotará en la cara.”
― Carl Sagan

En resumen, el Informe Citrini no es una profecía al estilo Nostradamus, sino una advertencia a valorar. Las inteligencias artificiales no decidirán el futuro por nosotros. Lo que determinará el resultado será la velocidad con la que sepamos implantarlas, comprenderlas, regularlas y convivir con ellas, para que sean una ayuda y no fríos sustitutos del talento humano.

¿Estaremos a la altura de nuestras propias creaciones? ¿Seremos ágiles para adaptarnos a la mayor revolución tecnológica jamás conocida? ¿Permitiremos que la velocidad del cambio supere nuestra capacidad para comprenderlo y gobernarlo? ¿Sabremos encontrar el equilibrio entre progreso tecnológico y bienestar social?

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César Elvira
Formación: Físico. Profesión: Tecnologías de la Información en el sector Energía. Vocación: la Historia y los Libros, escribir algo y leer mucho.