En pocos meses hemos pasado de surfear la enorme ola de la inteligencia artificial a un escenario más digno de The perfect storm, el libro de Sebastian Junger adaptado al cine con el mismo título y con George Clooney como protagonista. De un día para otro, este mercado ha experimentado una transformación vertiginosa que ha redefinido el panorama tecnológico global. Desde la irrupción de nuevos actores como DeepSeek o Stargate Project hasta las turbulencias políticas y económicas que han sacudido el sector, el mundo de la IA se encuentra en un punto de inflexión.
No es necesario incidir en la conmoción que la IA ha causado en todos los ámbitos, un auténtico polo que está atrayendo inversiones milmillonarias con la promesa de un inmenso potencial. Por poner algunas cifras, Statista considera que, en 2030, el mercado mundial de IA alcanzará un valor de 740.000 millones de dólares, lo que supone un aumento anual del 17,3% desde 2023. Pero es que un estudio de PwC va más allá, y predice que la IA contribuirá con 15.700 millones de dólares a la economía global para 2030.
Las implicaciones de estos nuevos desarrollos están redefiniendo el equilibrio de poder en la carrera tecnológica global
Mientras, las implicaciones de estos desarrollos son cada vez más profundas, tanto que están redefiniendo el equilibrio de poder en la carrera tecnológica global. Sobre el escenario que están dibujando estos nuevos actores hemos hablado con Juan Ignacio Rouyet, senior manager en Eraneos y autor del libro Estupidez artificial.

Lo primero que hay que tener en cuenta es que no nos encontramos ante una tecnología nueva. La inteligencia artificial lleva ya años con nosotros, presente en diferentes aplicaciones.
Antes de la irrupción de ChatGPT —un hito que tomaremos como frontera— la IA estaba circunscrita al ámbito empresarial. Ahí encontramos los grandes referentes, compañías con sus propias soluciones, concebidas para resolver problemas operativos, como los relacionados con la eficiencia de procesos. Acompañan a estas otras IA más abiertas, pero orientadas a cuestiones muy concretas: por ejemplo, los asistentes personales (Siri, Alexa, Google Assistant o Cortana). Estas últimas, además, están embebidas en un dispositivo.
Ese era el panorama antes de ChatGPT, cuya originalidad Rouyet explica así: “Lo que ha ocurrido con ChatGPT, y en general con la IA generativa, es que se ha democratizado, se ha llevado a un público masivo. Hemos pasado de un contexto empresarial a uno general, con una solución que está disponible en modo SaaS a través de una página web; y, además, capaz de generar texto, imágenes, vídeo, sonido…”.
Irrumpe en este punto un tercer elemento: saltan nuevos jugadores a la cancha empresarial. Los grandes fabricantes de software tienen ya su IA particular y la están incorporando a sus propias soluciones. Poco a poco, la IA se convierte en una más de las funcionalidades de cualquier aplicación.
Una IA para dominarlos a todos
En medio del revuelo económico, político y social causado por la IA generativa nace el Stargate Project. Impulsado por el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, se trata de una joint venture entre OpenAI, Oracle, SoftBank y MGX (un fondo soberano saudí). La alianza contará con una inversión de 500.000 millones de dólares destinada al despliegue de una red de centros de datos por todo el país.
Stargate parecía una iniciativa aislada, otra de las muchas adoptadas por la administración estadounidense y propia de la llamada política espectáculo. Rápidamente, sin embargo, se vio que había una relación directa con un evento que se produjo poco después: la presentación de DeepSeek. Así lo entiende Juan Ignacio Rouyet: “Si Trump presentó Stargate unos días antes de que saliera DeepSeek, intuyo que es porque algo sabía. Lo que hay detrás es una carrera. El siglo pasado estuvo marcado por la carrera espacial y este siglo lo va a estar por la de la IA, y detrás está el dominio del mundo”.
«Si Trump presentó Stargate unos días antes de que saliera DeepSeek, intuyo que es porque algo sabía»
La comparación no es ociosa: los grandes avances que requirió poner al hombre en la Luna (tecnología de semiconductores, materiales más ligeros y resistentes, sistemas de navegación GPS, energía solar o técnicas de refrigeración y calefacción) son hoy productos cotidianos y un negocio muy lucrativo. Si sucede lo mismo con la IA, como parece, quien domine esta carrera dominará el futuro.
En palabras de Rouyet: “Detrás del proyecto Stargate lo que hay es un posicionamiento para esta carrera de la IA. El objetivo ya no es alcanzar la Luna, sino la inteligencia suprema”.
Una carrera que, lejos de ralentizarse, acelera por momentos: pocos días antes de redactar estas líneas, Elon Musk presentó una oferta de 97.400 millones de dólares por OpenAI. Que fuera rechazada no significa, ni mucho menos, el fin de la historia. Por su parte, la Unión Europea despierta aturdida por el ruido del mercado y anuncia una inversión de 200.000 millones de euros en IA. Es menos que Stargate, pero bien invertidos pueden ser productivos. En el siglo XVI el mundo se movía por el mercado de las especias; hoy la especia es la IA.
Los “peligros” de DeepSeek
Ante la presentación de DeepSeek, muchos analistas occidentales han señalado los “peligros” que entraña el avance de una IA proveniente de China. Hay que manejar con cierta distancia ese término (peligros) cuando se trata de sociedades y culturas tan diferentes.

Desde nuestra perspectiva, según defiende Rouyet, hay dos tipos de peligro. Por un lado, el relacionado con la confiabilidad, la privacidad o la captación de datos. “Todos los sistemas recopilan datos, pero, según parece, DeepSeek lo hace en una mayor cantidad. Además, estos pasan directamente a China Mobile, una operadora de telecomunicaciones que depende del Gobierno chino”.
Otro riesgo es el geopolítico, el relacionado con el dominio mundial. “Ahora mismo están en movimiento las piezas del ajedrez del siglo XXI y estamos viendo quién se come a la reina. Peligro no es tanto el relacionado con la privacidad, porque eso se puede resolver técnicamente, sino más bien el que origina la búsqueda de la supremacía y el dominio de la esfera mundial en los próximos años. He ahí lo que de verdad se oculta detrás de este lanzamiento”.
¿Qué hay de nuevo?
La irrupción de DeepSeek supuso una auténtica tormenta en la Bolsa, con caídas nunca vistas en empresas como NVIDIA, buque insignia en el ámbito de la inteligencia artificial. Caídas que se convirtieron en recuperaciones “milagrosas” pocas horas después.
“Yo tengo una visión muy particular de la Bolsa —dice Rouyet—. Es el mercado de las emociones: de repente, algo es maravilloso, vamos todos a por ello y dejamos a un lado aquello en lo que antes confiábamos. NVIDIA no se merecía esa caída tan fuerte. No son tan malos. No es posible que un día seas fantástico y al día siguiente seas un miserable. Y que al tercer día vuelvas a ser lo que eras”.
«El mercado se está dando cuenta de que, efectivamente, ni el salto era tan grande ni nosotros tan tontos
Pasado el impacto inicial, un análisis más reposado de DeepSeek arroja dudas sobre su rendimiento: “Cuando vi la presentación, pensé: ‘No es posible que seamos tan tontos. No es posible que esta gente haya podido hacer esto con seis millones de dólares y con dos mil GPU’. Ahora se sabe que posiblemente se destinaron cerca de 1600 millones de dólares de inversión, además de novecientos millones en costes operativos”.
Según parece, DeepSeek es algo más eficiente que ChatGPT, pero también es verdad que Occidente ya avanza en este sentido: “Se está viendo que, por ejemplo, en las redes neuronales, no siempre es necesario emplear números de 32 bits en coma flotante. Con menos decimales se obtienen resultados similares y muy aceptables, lo que deriva en una menor capacidad de computación y, por tanto, en más eficiencia; es lo que se conoce como números posit”.
Además, DeepSeek emplea una arquitectura especial —Mixture-of-Experts (MoE)— basada en una red neuronal en la que es posible, digamos, encender distintas áreas especializadas en ciertas capacidades. Sería algo similar a lo que ocurre en nuestro cerebro: la red neuronal tiene distintas áreas que se enfocan en tareas concretas, y las “enciende” según las necesita.
“Por ahí sí que se puede conseguir algo más de eficiencia, pero no en los términos en los que se comunicó durante los primeros días. De hecho, el mercado se está dando cuenta de que, efectivamente, ni el salto era tan grande ni nosotros tan tontos. Ahora mismo estamos alcanzando un equilibrio más racional”.
La IA como commodity
La IA está ya presente en todo tipo de dispositivos y aplicaciones. Los grandes fabricantes (Microsoft, Google, SAP, ServiceNow, SalesForce…) la están incorporando como una funcionalidad más, pero esto se suele traducir en un coste adicional del servicio que, quizá, el usuario no esté dispuesto a pagar: “He tenido conversaciones con varias empresas y muchas veces perciben que el esfuerzo económico es muy elevado. No ven la IA tan necesaria, al menos no tanto como para tenerla directamente implementada y pagar lo que se pide por ello”.
Lo que sí parece claro es que acabará siendo una commodity y estará integrada por defecto en todo tipo de soluciones, y también en los dispositivos. Un ejemplo claro son los smartphones: “Ocurrió algo parecido con las cámaras y los móviles. A nadie se le ocurre hoy comprar un smartphone que no tenga cámara. En poco tiempo, un teléfono sin IA no va a ser un teléfono”.
Por otra parte, aunque la IA promete mejorar la eficiencia en todo tipo de ámbitos, también en el energético, la explosión de esta tecnología comporta un consumo muy elevado, especialmente en los centros de datos, que está multiplicando la demanda energética.
Una de las líneas de actuación para avanzar en la mejora de la eficiencia es, por ejemplo, crear IA especializadas. ¿Por qué ChatGPT ha sido tan caro y consume tanto? La razón es que se trata de una herramienta generalista: se le puede preguntar sobre lo que se quiera, y eso tiene un enorme coste.
Ahora bien, ¿necesitamos una IA omnisciente? Según Juan Ignacio Rouyet, probablemente no: “Yo nunca le he hecho una pregunta a la IA sobre química. Seguro que, si la hago, aunque sea compleja, sabrá la respuesta. Pero es que yo creo que nunca le voy a preguntar a ChatGPT por algo de química. Por tanto, ¿para qué necesito un sistema tan experto?”.
«Yo nunca le voy a preguntar a ChatGPT por algo de química. Por tanto, ¿para qué necesito un sistema tan experto?”.
El desarrollo de la IA irá por ese camino, será una commodity especializada en áreas concretas. Ya se trabaja en esa línea, por ejemplo, en los móviles, donde encontramos IA específica para retocar fotos, algo que se traducirá en un menor consumo de recursos. Muy útil, siempre que no le preguntes sobre química.
“Hasta ahora, el desarrollo de esta tecnología ha estado yendo hacia la visión de una IA general, con la que decir ‘mira lo que soy capaz de hacer’. Ahora iremos a IA más especializadas y concretas”.
Riesgos, censura, sesgo
Uno de los grandes peligros de ese uso generalista y masificado de la IA es que se pone en riesgo información que podría ser privada y confidencial, un temor que se ha visto intensificado por la irrupción de DeepSeek y las evidencias sobre la aplicación de censura en algunas de sus respuestas.
“Esto es algo que existe en todos los sistemas de la IA. No sé si se puede llamar censura, aunque en el caso de DeepSeek pudiera ser más manifiesto. Tal vez se podría denominar ‘efecto de los valores de la sociedad en la que se desarrolla el sistema’. Por ejemplo, en sus primeras versiones ChatGPT no hacía chistes sobre Joe Biden (el anterior presidente de Estados Unidos), pero sí sobre Donald Trump”.
De hecho, por ejemplo, hay ciertas peticiones que están censuradas en ChatGPT, como la generación de contenido ofensivo, instrucciones para cometer delitos o actividades ilegales, o intentos de activar el modo DAN (do anything now) para eludir restricciones éticas.
«Es una censura que nosotros aceptamos. Cuando alguien entrena una IA ya le está diciendo lo que está bien y lo que está mal».
“Eso es así porque, desde nuestra cultura o valores, no nos parece adecuado. Es una censura que nosotros aceptamos. Cuando alguien entrena una IA ya le está diciendo lo que está bien y lo que está mal. Luego, lógicamente, se puede llevar a extremos de censura”.
“Si intentamos aplicar una ética en concreto, lo que estaremos aplicando son los valores particulares de ciertas éticas. Hay que dejar que los usuarios decidan. Lo contrario, y perdona la cuña publicitaria, es Estupidez artificial”.
Juan Ignacio Rouyet se despide con un consejo: “En todo aquello en lo que haya debate, mejor no preguntes a ChatGPT”.

































