Nos preocupamos cada vez más por reciclar residuos de todo tipo: papel, materia orgánica, vidrio, textil, plástico, electrónica… Se diría que hay mayor empeño y conciencia por separar, clasificar y reusar que por desechar, para impactar lo menos posible en el entorno y consumir menos recursos y energía en la obtención de nuevos bienes.
La idea para este artículo surge como reflexión ante el fallo en mi casa de un pequeño electrodoméstico. La empresa de mantenimiento me dijo que no lo reparaban y que solo vendían el aparato completo y nuevo (precio superior a doscientos euros). El argumento: sí se podría reparar, pero no se hacía por mantener la fabricación de más componentes, sus ventas y los puestos de trabajo de la empresa (sic).
La obsolescencia programada es una práctica controvertida y poco ética con el usuario final y con el entorno
Educadamente me negué. Compré los componentes, los conecté y solucionado. Todo por la centésima parte de la cantidad indicada. Si despiden al personal en esa empresa no me siento responsable. Es en estos casos cotidianos donde a pocos parece preocuparles el consumidor, y menos aún el medioambiente.
¿De qué sirve reciclar una parte si desechamos todo tipo de electrodomésticos, móviles, ordenadores y demás utensilios electrónicos al sustituirlos por otros, porque es más barato cambiarlos por uno nuevo que repararlos?
De forma general, las carcasas de estos dispositivos contienen plásticos, acero, hierro y aluminio. Las pantallas LCD, arsénico y galio. La electrónica, plásticos, cerámica, silicio, boro, arsénico y fósforo. El litio y el cadmio están en las baterías. Motores y soldaduras contienen boro, hierro, bismuto, oro, plata, cobre y estaño.
Como usuarios, demandamos siempre lo último y apostamos por la renovación tecnológica acelerada
Separar estos elementos es caro y lento. Sin hablar de las baterías de los coches eléctricos, donde aún no sabemos extraer eficazmente litio, níquel, manganeso, silicio y próximamente grafeno. En la actualidad se reciclan bien las baterías de plomo y elementos como el cobalto, pero metales como litio, níquel y manganeso son poco rentables económicamente.
El negocio de la obsolescencia
Este despropósito, en el que reparar algo es más costoso que comprarlo nuevo, es un inmenso negocio que, además, exige menos personal especialista: para arreglar un dispositivo has de saber; para sustituirlo por otro nuevo, no tanto.
Son famosos los casos de una bombilla de filamento que lleva encendida desde 1901 en un parque de bomberos en la ciudad californiana de Livermore (EE UU); el programa de ordenador, escrito en COBOL, que lleva funcionado desde 1958 y se encarga de gestionar contratos de los servicios para la Administración estadounidense; o, más cercano, el motor diésel W123 de un taxi, en uso en las Islas Canarias, que lleva recorridos ¡más de siete millones y medio de kilómetros! Estos casos sí siguen el principio informático de si funciona, no lo toques.
La bombilla, el programa de ordenador y el motor de combustión se fabricaron con una obsolescencia fijada únicamente por el uso, el desgaste y la sustitución al surgir tecnologías mejores, y antes de que entrara en escena la obsolescencia programada. Tras la Gran Depresión, en 1932, este término fue propuesto por el agente inmobiliario Bernard London en su artículo Poner fin a la depresión a través de la obsolescencia planificada.
Aún antes, en 1924, el presidente de la empresa automovilística GM sugirió lanzar nuevos modelos cada año para mantener las ventas y competir con su rival (Ford), haciendo que fuera el propio usuario quien quisiera cambiar de modelo de coche sin necesitarlo: un visionario de la obsolescencia tecnológica.
Es más, se sabe que Edison creó un prototipo de bombilla incandescente con duración limitada a 1500 horas. Conocido es también que los fabricantes de bombillas, unidos en torno al cártel Phoebus, en la Suiza de 1924, rebajaron por definición la duración de las bombillas a 1000 horas.
Se sabe que el propio Edison creó un prototipo de bombilla incandescente con duración limitada a 1500 horas
Se trata de mantener la demanda, las ventas y, por tanto, los beneficios. Mientras tanto los residuos siguen creciendo y cada vez nos alejamos más de la ansiada economía circular. Las empresas tratan de fabricar productos que no se averíen mientras dure la garantía y, después, hacen que sea más rentable cambiarlos que repararlos. La obsolescencia programada —no deseada por el consumidor— es una práctica controvertida, poco ética con el usuario final, con el entorno y que condiciona nuestra forma de consumir.
Obsolescencia tecnológica
A su vez, la obsolescencia tecnológica, que sí es deseada y aceptada por los usuarios, está más ligada al avance continuo de la innovación, aunque el medioambiente no discrimine por dónde le llegan los residuos.
Medir esta obsolescencia tecnológica es una tarea compleja, pues las empresas tratan de rentabilizar sus inversiones en patentes y desarrollos, minimizar sus stocks, para invertir en nuevo I+D+I, (sí, innovación también con mayúsculas pues es parte fundamental del proceso) adelantándose a la competencia externa y no creándola internamente con un nuevo producto que impida que el anterior se venda.
Según el último informe de la ONU, de los casi 500 kg de residuos que cada español genera al año, unos 20 kg corresponden a componentes electrónicos. España es uno de los países que más basura electrónica generan en la Unión, con más de 935 toneladas métricas. De estas, se reciclaron en nuestro país 395 toneladas, el 42%. También reciclamos por encima de la media europea, un 38%. Del porcentaje (58%) no reciclado, gran parte acaba en vertederos sin control en países de África o Asia.
Se trata de mantener la demanda, las ventas y, por tanto, los beneficios. Mientras tanto los residuos siguen creciendo
Esta proporción va en aumento, a la vez que lo hace el consumo intensivo de los dispositivos móviles. En 2010 los desechos electrónicos a nivel global fueron de 32 millones de toneladas métricas; en 2022 fueron 62 millones y en 2030 serán 82 millones. Las cifras varían según el organismo o empresa consultada, pues el ciclo se rompe en algunos puntos de la cadena, como cuando almacenamos dispositivos en cajones o, sencillamente, se roban de los puntos limpios para revenderlos.
Como usuarios, somos responsables de las 4 R: reducir, reparar, reutilizar y reciclar. Debemos preocuparnos por conocer el ciclo de vida de un producto, desde los materiales necesarios para fabricarlo y la energía que consume, hasta el final, cuando lo desechamos y depositamos en un punto limpio para que no acabe en un vertedero ilegal.
Nuevas fórmulas de consumo
No todo es negativo, sin embargo. Como usuarios, demandamos lo último y apostamos por la renovación tecnológica acelerada, lo que nos ha permitido avanzar como nunca en la historia y, a la vez, que las empresas obtengan recursos para financiarse creando nuevos productos.
Por ejemplo, no tendría sentido usar ordenadores de hace veinte años, y los tres casos antes expuestos (la bombilla, el programa informático y el motor) se ven superados cada día que pasa. Adoptar un término medio sería razonable, pero resulta difícil decidir cuál es y que satisfaga a consumidores y fabricantes.
Debemos conocer el ciclo de vida de un producto. Somos responsables de las 4 R: reducir, reparar, reutilizar y reciclar
¿Sería posible adoptar nuevas fórmulas de consumo para hacer que los objetos duren más? Por ejemplo, cobrando por uso para beneficiar a los usuarios y no penalizar a las empresas fabricantes ni al medioambiente, o abaratando las reparaciones. Es evidente que, en plena era digital, tenemos un enorme reto por delante. Aunque merece la pena preocuparse por si los próximos en quedar obsoletos seremos los seres humanos.
Espero que no sea así, tal y como ocurre en La fuga de Logan, una novela de William F. Nolan y George Clayton Johnson publicada en 1967, que describe un mundo en el que los humanos nacemos con fecha de caducidad programada.






























