Vivimos en un mundo muy cambiante, en el que la competencia es feroz. Los modelos empresariales están evolucionando para ajustarse a las demandas del mercado actual. Desde las TI es necesario adaptarse lo antes posible a las necesidades que plantean los negocios, acompañando a las compañías con la velocidad y agilidad necesarias. Se trata de ser mejor, más rápido y más eficiente.

Las empresas necesitan capturar oportunidades de una forma ágil y convertirlas en productos cuya entrega se haga de manera rápida y con un nivel de calidad adecuado. Los sistemas tienen que alcanzar el necesario nivel de flexibilidad, que les permita adaptarse a esta situación cambiante, pero, al mismo tiempo, deben garantizar la estabilidad y continuidad del negocio. Todo esto implica invertir en innovación y aprovechar las posibilidades que se abren con la aceleración tecnológica.

El actual escenario tecnológico está evolucionando hacia el cloud computing, un modelo de prestación de servicios de negocio y tecnología accesibles a través de catálogo de servicios estandarizados con los que responder a las necesidades de negocio de manera elástica y pagando únicamente por el consumo efectuado.

Hoy es habitual encontrar empresas que ya han comenzado a trabajar en su transformación digital. Muchas están definiendo sus estrategias de cloud, basadas en la estandarización de la tecnología, simplificación y automatización. Otras ya han iniciado la implantación de su estrategia, comenzando por migrar parte de sus infraestructuras del datacenter tradicional al cloud datacenter. Las más maduras ya están trabajando con servicios cloud.

Todas estas empresas seguramente ya se han percatado de la importancia del cambio tecnológico y de que, para llevarlo a buen puerto, deben someterse a un cambio igual de complejo, que hay que llevar a cabo de forma interna, transformando sus procesos y operaciones y, por ende, su cultura empresarial. Esto implica una gestión del cambio organizacional, que debe estar alineado con las estrategias de migración hacia un modelo cloud y debe tener el mismo peso que el otorgado a la implantación de las nuevas arquitecturas, procesos o herramientas.

De hecho, hay dos tipos de empresas: las que han nacido en la nube y las que van a tener que convivir con sus infraestructuras y aplicaciones tradicionales, que deberán ir transformando para aprovechar las ventajas que aporta el modelo cloud (inmediatez, agilidad, pago por uso, escalabilidad, seguridad y disponibilidad).   

Evidentemente, el futuro de las aplicaciones es evolucionar hacia servicios cloud

Figura 1. SDDC, un centro de datos definido por software, un modelo de infraestructura TI que supone un paso más allá de las tradicionales estrategias de tecnología de virtualización y cloud computing.

Evolución tecnológica

Si analizamos el desarrollo real de la tecnología en los centros de datos, encontramos que, inicialmente, se contaba con entornos físicos, donde los servidores estaban dedicados a las aplicaciones que se ejecutaban sobre ellos. Hace dos décadas llegaron los entornos virtualizados, en los que
—en un único servidor— pueden ejecutarse varias máquinas virtuales. Sobre este tipo de infraestructura se ejecutan las que denominamos aplicaciones tradicionales. La mayoría de las empresas cuentan con este tipo de aplicaciones, de las que no pueden prescindir (ni migrar hacia otro modelo) de manera sencilla.

La modernización de las aplicaciones tradicionales a aplicaciones o servicios cloud es un proceso costoso que no se puede llevar a cabo de la noche a la mañana. Pero aquello que no se puede cambiar de una manera inmediata se puede tratar de optimizar. De hecho, de forma generalizada, las empresas están abordando sus procesos de transformación buscando un balance adecuado entre innovación y optimización.

Evidentemente, el futuro de las aplicaciones es evolucionar hacia servicios cloud, un nuevo paradigma que plantea el consumo de los recursos TI del mismo modo que consumimos la luz, el agua o el teléfono, sin tener en cuenta los recursos, infraestructuras o mantenimientos involucrados. Los servicios cloud dan acceso a plataformas, entornos y aplicaciones sin que haya que preocuparse de las inversiones necesarias. Aunque, para los clientes, la infraestructura sobre la que corren los servicios cloud es transparente, para el área de TI de las empresas representa un reto, que contempla una nueva manera de gestionar la infraestructura, la capacidad de automatización y la consecuente evolución hacia un datacenter definido por software (SDDC).

Aquello que no se puede cambiar de forma inmediata se puede tratar de optimizar

Virtualización

Comencemos analizando los cambios en lo que respecta a la gestión de las infraestructuras. Gestionar entornos físicos y virtualizados ya es de por sí bastante complejo, pero si a esto se suman los entornos de nube privada, híbrida o pública que ya están en nuestras empresas, se presenta la necesidad de una nueva forma de gestión.

Los gestores de cloud o CMP (cloud management platform) permiten gestionar la infraestructura de entornos mixtos de una manera unificada, independientemente de si esta se encuentra en el centro de datos de la empresa o en un proveedor de cloud. Además, desde los CMP se pueden definir servicios de negocio y asociarles toda la infraestructura virtual, así como el software que les corresponde, de forma que puedan ser desplegados con un solo clic. La infraestructura como código permite la automatización de todas las tareas de aprovisionamiento, gestión y operación en el ámbito de las infraestructuras. Todo ello gracias a la virtualización.

Extendiendo este concepto de virtualización a la mayoría de los recursos y servicios del centro de datos, tales como el cómputo, la red (SDN) y el almacenamiento (SDS), se puede llegar a suministrar, operar y administrar cada componente usando una interfaz de programación de aplicación (API). Esto es lo que se conoce como SDDC.

La virtualización aporta un mayor nivel de agilidad en las operaciones, además de otras características, como garantía de compatibilidad, integración completa y la posibilidad de invertir menos en infraestructura física, lo que se traduce en ahorro en costes de mantenimiento y energía. Otra gran ventaja es la posibilidad de aumentar el nivel de automatización y dar más flexibilidad a la elección y atención de los negocios. Eso sí, para poder conseguir los objetivos de agilidad y flexibilidad empresariales, además de todos los cambios tecnológicos es necesario un cambio cultural.