El término cloud se acuñó en 1996 para definir una tecnología que, junto a big data, mobility y social networks, es uno de los pilares de la llamada Tercera Plataforma. Hagamos un poco de memoria: la Primera Plataforma comienza en 1960, con las conexiones de cables coaxiales y los mainframe y terminales; la Segunda Plataforma se inicia ya en 1980, con las redes LAN, Internet y la arquitectura cliente-servidor. Básicamente, la informática centralizada cedió su lugar a la distribuida. De redes locales y aisladas se pasó, poco a poco, a una conectividad total.

Recuerdo los comienzos del cloud y los recelos que despertó en la multinacional donde trabajaba por aquel entonces. Unos temores relacionados con la posibilidad de dejar los datos empresariales en un lugar extraño, lejos del control que sobre ellos podíamos ejercer en nuestras propias instalaciones. Por aquel entonces empezaban a plantearse preguntas en torno a la seguridad, la accesibilidad, la integridad y la recuperación de la información. Cierto es que, cuando algo se cede a un tercero para que lo administre, es posible perder en control lo que se gana en simplificar la gestión, aunque todo dependerá de lo bien que se definan los ANS (acuerdos de nivel de servicio).

La consolidación del 5G derivará en una mayor generación de datos, una lluvia que nos va a calar diaria y constantemente

En la actualidad, quedan ya pocos negacionistas. Hoy nadie duda de las ventajas que ofrece la nube (tanto pública como privada o híbrida), que han permitido reducir los CPD (centros de proceso de datos) y, sobre todo, disminuir los costes fijos de estas infraestructuras (servidores, licencias, programación, consumo eléctrico, espacio, personal). Algo que, en sus inicios, fue usado con prudencia por grandes corporaciones, llegó después a las pymes, que veían en esa cesión de competencias la posibilidad de conseguir un notable ahorro, para, finalmente, ser adoptado por los usuarios particulares.

Cloud, fog, edge…

El diseño de la nube, con una arquitectura basada en granjas de servidores, fue y sigue siendo promovido por los grandes proveedores de servicios en Internet —como Microsoft, Google, Amazon o Alibaba—, que ya estaban creando nubes y fortaleciendo sus infraestructuras. Es en esos CPD, alejados y desconocidos por la mayoría, donde se almacenan y computan nuestros datos (cloud storage y cloud computing). De ahí viene esa percepción de la nube como algo más distante y lejano. Por el contrario, la idea de niebla (fog computing) es más próxima; la niebla nos rodea y envuelve a ras de suelo. En este concepto se aprovechan los dispositivos del usuario, cada día más numerosos y potentes, con el objetivo de procesar los datos localmente sin tener que enviarlos a la nube, con lo que se reduce la latencia.

Aunque ambos actúan sobre equipos finales, el fog computing, —a diferencia del edge computing (computación en el borde o extremo)— permite que un único dispositivo, llamado pasarela, procese los datos que provienen de múltiples fuentes. Por ejemplo, no tiene sentido generar y enviar datos a la nube (como los relativos al tráfico) desde un coche autónomo. En un caso como ese, la información debería viajar hacia el destino, donde tendría que ser almacenada y procesada, para que después el resultado tome el camino de vuelta al coche. Lo más lógico es procesarlos en él directamente.

De hecho, en estos escenarios el tiempo de respuesta resulta vital, ya que el trasiego de datos es menor y se está menos expuesto a una falla de conectividad o falta de cobertura. Como aspecto negativo, lo que se gana en eficiencia facilitará que haya muchos más dispositivos vulnerables al hackeo, ya que los datos no están en un único lugar. No obstante, esta afirmación también es relativa, pues todos tenemos en mente grandes empresas cuyos CPD han sido atacados. En cualquier caso, la ciberseguridad siempre debe estar presente en cada paso que demos.

De la nube al rain computing

El despliegue del 5G, la quinta generación de telefonía móvil, permite que se puedan desarrollar tecnologías como el Internet de las Cosas, las redes inalámbricas, los coches y ciudades inteligentes, la realidad virtual y la inteligencia artificial, pero al mismo tiempo lo complica todo por la masiva generación y tráfico de big data. Estimaciones de Cisco señalan en más de 22 000 millones los dispositivos conectados a Internet en todo el mundo. Cuatro dispositivos por habitante, que generan más de dos exabytes 2000 millones de gigabytes de datos diarios, con un incremento anual de 4000 millones de dispositivos. Este volumen se hará insostenible para las actuales nubes, que tendrán que descargar.

El incremento del volumen de datos se hará insostenible para las actuales nubes, que tendrán que descargar

Al siguiente paso me aventuro a bautizarlo rain computing (computación en la lluvia). En esta fase, una vez consolidado el 5G, se habrá dado el salto del Internet de las Personas (IoP) al Internet de las Cosas (IoT) y al Internet del Comportamiento humano (IoB). Esto derivará en una mayor generación de datos; y esa lluvia ―que, por continuar con el símil meteorológico, nos va a calar diaria y constantemente― implicará aún más proximidad. Irá dentro de nosotros, aprovechando los dispositivos wearables que llevaremos integrados.

Nosotros mismos seremos un conjunto de dispositivos. Ya llevamos inyectadas vacunas, implantados marcapasos y prótesis hechas con impresoras 3D. ¿Por qué no incluir medidores de presión arterial, temperatura, oxígeno y glucosa; o sistemas antialergénicos o antidepresivos; y qué tal conexión directa con el médico? Y esto si hablamos solo de salud, porque podemos imaginar también traductores de idiomas implantados, chips con crédito disponible para compras y reservas, llaves y claves de acceso que nos permitan tomar decisiones más ágiles…

Un punto más sobre el que pensar. Con todo esto, ¿podremos los humanos ser hackeados? La ética también planea sobre cada decisión que tomamos.

¿Ciencia ficción? También lo hubiesen sido los conceptos de nube y niebla cuando empecé a trabajar en sistemas, hace ya unos cuantos años, por no mencionar la capacidad de hablar desde el reloj, o las funcionalidades del teléfono inteligente y del portátil con el que escribo estas líneas.

Ya podemos vislumbrar hacia dónde nos dirigimos: a estar permanentemente empapados por un rain computing incesante y creciente. Como en Blade Runner, aunque, esperemos, no como en Black Rain.