A vueltas con el ludismo

Tecnología, procesos y personas

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Durante las primeras etapas del proceso de industrialización, allá por 1811, se inició el movimiento ludita. Su nombre proviene del de un joven tejedor —Ned Ludd— que, supuestamente, fue uno de los primeros que se decidieron a destruir un telar, culpando a estas máquinas de las pésimas condiciones laborales que por aquel entonces imperaban en sectores como el industrial o el agrícola.

Este movimiento, que luchaba contra las “nuevas tecnologías” para proteger los puestos de trabajo, fue ganando fuerza en Inglaterra con cartas amenazantes a empresarios, destrucción masiva de maquinaria o todo tipo de actos violentos, disturbios y levantamientos. Hasta tal punto que provocó la desproporcionada
intervención del gobierno británico para atajar el problema.

Movimientos similares han ido apareciendo en diferentes regiones y épocas, hasta llegar incluso a generarse una corriente filosófica —el neoludismo, a principios de este siglo— que se opone al desarrollo tecnológico y científico actual.

El ludismo luchaba contra las “nuevas tecnologías” para proteger los puestos de trabajo

Sin alcanzar esos niveles de crispación, es evidente que está ocurriendo algo parecido en la sociedad contemporánea: gana fuerza un movimiento dirigido a señalar todos los problemas derivados del uso de tecnologías tales como la robótica industrial, la inteligencia artificial o, en el ámbito que nos ocupa en este número, la automatización de procesos. En nuestra sección de A Fondo hemos tratado de abordar este tema desde diferentes puntos de vista, hablando con consultores especializados o desarrolladores de herramientas; pero también publicamos dos interesantes entrevistas con los responsables de poner
en marcha procesos de robotización en empresas de la envergadura de Prosegur y Banc Sabadell.

Aparte de los diferentes caminos seguidos, las lecciones aprendidas o los beneficios obtenidos, me ha llamado especialmente la atención el papel predominante que tiene la persona en los discursos de estos profesionales. Ambos protagonistas defienden el valor que aportan los empleados a las organizaciones y ven estas tecnologías como un complemento ideal para sacar lo mejor de los empleados, que sean más productivos y se liberen de todas aquellas tareas en las que no aportan valor.

La pregunta no es si me despedirán por la trasformación digital, sino dónde estará mi empresa en cinco años si no acomete de forma temprana este proceso”.

Lo evidente es que no hay alternativa. Las empresas, y también las instituciones públicas, deben iniciar ese camino lo antes posible. Diversos estudios indican los niveles de crecimiento y competitividad que se obtienen con este tipo de tecnologías, frente a los riesgos evidentes de no acometer este tipo de transformaciones. Tal y como asegura Fernando Cisneros en la entrevista: “La pregunta no es si me despedirán por la trasformación digital, sino dónde estará mi empresa en cinco años si no acomete de forma temprana este proceso”.