A finales del siglo XIX y comienzos del XX, las fábricas de Estados Unidos y Europa vivieron una transición lenta hacia la electricidad. Las plantas que habían crecido alrededor del vapor y de la transmisión mecánica por correas se encontraron, de golpe, con un reto relevante: la electricidad prometía multiplicar la producción, pero los edificios, los suelos y los cimientos no estaban diseñados para soportar motores eléctricos distribuidos por toda la planta.
Durante casi una década —en Europa, especialmente en Francia y España el proceso fue más lento— muchas fábricas siguieron operando con sistemas híbridos, mitad vapor, mitad electricidad. Rehacer la infraestructura desde cero costaba más de lo que cualquier consejo de administración estaba dispuesto a aprobar de una sola vez.
El piloto de IA es, en cierto modo, el motor eléctrico instalado en una esquina de la fábrica de vapor
Cuando planteamos el tema central de este número surgió rápidamente ese paralelismo. Cambiando motores por GPU, o correas por refrigeración líquida, la historia es muy similar: una tecnología que funciona, que ya ha demostrado su valor en pruebas controladas, chocando con una infraestructura construida para otra época. Podríamos decir que el piloto de IA es, en cierto modo, el motor eléctrico instalado en una esquina de la fábrica de vapor: funciona, pero no escala sin rehacer buena parte de lo que hay alrededor.
Una inversión disparada en datacenter
Lo que distingue este momento del de hace un siglo es la velocidad. En apenas dos meses, Gartner ha revisado al alza su previsión de gasto mundial en infraestructura de centros de datos para 2026: de un crecimiento del 31,7% estimado en 2025 a un 55,8% en su última actualización de abril, para superar los 1.870 millones de dólares.
No conozco ningún precedente histórico de una revisión de gasto tecnológico tan abrupta en un periodo tan corto. Si la electrificación industrial tardó una década en consolidarse, la infraestructura de IA está intentando hacer ese mismo recorrido en meses, y eso tiene un coste que no siempre se mide en dinero. Se traduce en decisiones tomadas con prisa o en pilotos que se convierten en compromisos de producción sin que nadie haya verificado si el datacenter aguanta.
Computo o datos
Hay una diferencia más, y es la que más preocupa. La electrificación industrial fue, en última instancia, una historia de propiedad: las fábricas que sobrevivieron fueron las que decidieron, tarde o temprano, si generar su propia electricidad o comprarla a terceros. Hoy, la infraestructura de IA plantea la misma pregunta estratégica, pero con un matiz añadido: no solo quién controla el cómputo, sino quién controla los datos que ese cómputo procesa. La soberanía del dato —ubicación, acceso, cifrado y gobernanza— se ha convertido en el nuevo factor de resistencia empresarial.
La soberanía del dato —ubicación, acceso, cifrado y gobernanza— es el nuevo factor de resistencia empresarial
Aquellas empresas que tomen esa decisión con criterio propio, en lugar de por simple inercia o por pánico, van a estar mejor posicionadas que las que simplemente sigan añadiendo capacidad a un sistema que no fue pensado para esto.
































