Además, hay que tener en cuenta la enorme complejidad que encierra el tablero de juego en el que han de moverse las empresas.

Tablero internacional

A nivel internacional el escenario tras la pandemia se ha complicado más y muestra desequilibrios y debilidades para unos, así como fortalezas y oportunidades para otros, que las están aprovechando. Señalaré tres ejemplos bien conocidos.

  • La guerra que sigue desangrándonos a las puertas de Europa. Tras la invasión rusa de Ucrania, y que la mayoría de los analistas preveían corta por el uso de la tecnología y superioridad militar rusa, hemos visto con estupor lo contrario: columnas de tanques avanzar y hombres luchando palmo a palmo por un pedazo de tierra, imágenes terribles de atrocidades de la IIGM que creíamos ya superadas. Esta guerra lleva ya dos años y no parece que acabe pronto.
  • Otro conflicto armado, este en la franja de Gaza entre árabes e israelíes, espoleado tras un brutal atentado a civiles por miembros de Hamas, amenaza con recrudecer y prender el ya muy inestable polvorín de la zona con la participación de todos los vecinos; y con las grandes potencias tomando posiciones como telón de fondo.
  • Por último, el ataque permanente a buques mercantes por parte de piratas en el estrecho de Ormuz complica una de las principales vías de suministro hacia el Mediterráneo. Esto hace más inestable e insegura la zona, además de ralentizar y encarecer las materias primas que llegan por esa vía.

Es evidente que ante nosotros tenemos un complejo coctel, algo que, desde luego, no sirve de estímulo para los empresarios

Todo esto, como vemos, sin alejarnos mucho de las fronteras de la Unión.

Ámbito europeo y local

A nivel interno europeo, las cosas no parecen mejores.

  • No hay una posición común, ni acuerdo, en la intensidad de ayuda a Ucrania frente a la invasión rusa.
  • Tampoco en la ayuda e implicación en Gaza y menos aún en política migratoria, tecnológica, energética o climática.
  • Sí parece que se van a incrementar los gastos en defensa europeos para no depender de terceros en exceso.
  • Todo esto con una Agenda 2030 que es un catálogo de buenas intenciones y que nos limita frente a otros países.

Tenemos la percepción de que vivimos en un estado de permanente preguerra global, más difusa o líquida que nunca; en una decadencia y pasividad de occidente que aparece desdibujado, desunido y hasta desinteresado, sin un liderazgo claro. Esto no es antifrágil, no ayuda a nuestros directivos a la hora de decidirse a invertir y contratar, a exportar y asumir más riesgos.

A nivel nacional, la fragilidad política y la falta de claridad interna, perceptible en los socios y en los aliados, es notable. Veamos algunos datos interesantes:

  • El PIB per cápita de España en 2023 fue de 30.320€, incrementándose en algo más de un 7,21% con respecto a 2022 (28.280€). Pero, si lo comparamos respecto al 2010 hemos bajado cinco puestos en el PIB per cápita europeo.
  • La deuda de las Administraciones Públicas ascendió a 1.575.000M€, lo que —según el Banco de España— representa el 107,7% del PIB a diciembre de 2023 (1.462.070M€). La proyección para este 2024 es la de un ligero descenso.
  • En cuanto al empleo, sigue siendo el talón de Aquiles en nuestra economía. Con unas cifras de paro que rondan el 12%, estamos a la cola en Europa.
  • Es también significativo que el empleo privado está perdiendo terreno frente al público. El número total de empleados en empresas privadas ha bajado hasta situarse en 17.731.100, mientras que en la Administración Pública ha crecido hasta un récord de 3.534.700. Así, en España tenemos a cinco trabajadores en el sector privado por cada persona empleada en el sector público.

Es evidente que ante nosotros tenemos un complejo coctel, al que se añade una elevada presión fiscal, así como la falta de homogeneidad y la complejidad inherente a las diferentes legislaciones autonómicas, algo que, desde luego, no sirve de estímulo para los empresarios.

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