El espíritu liberal del blockchain

Descentralización transformadora

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La progresiva digitalización de la sociedad está provocando cambios profundos en nuestra manera de relacionarnos. La democratización de la información está trayendo múltiples consecuencias en los ámbitos económico, político y social. La desintermediación de los mercados y los nuevos hábitos del cliente digital están alterando las estrategias de grandes corporaciones e industrias, muchas de ellas dormidas en el letargo de un oligopolio amenazado por unicornios y startups.

El orden político y social no ha sido ajeno a estos cambios. Las redes sociales fueron el principal catalizador de la Primavera Árabe, aunando los intereses populares y canalizando las protestas por la democracia y los derechos sociales.

Sin embargo, y hasta la fecha, la era digital apenas ha alterado los fundamentos de la economía. El “Internet de la Información” ha traído riqueza pero no prosperidad compartida. La desigualdad social va en aumento. Un caso paradigmático es el de la economía compartida, que es una falacia, en su propia acepción. Redistribuye la riqueza, sí, pero no la comparte. Nos convierte en prosumidores y da un paso relevante en el cambio de la mentalidad materialista de la sociedad. Pero poco más, al menos de momento… ¿Qué pasaría si Uber fuese propiedad de los propios conductores? ¿Nos imaginamos un Airbnb que distribuya acciones de la empresa a sus inquilinos en función de su valoración y del número de alquileres?

La economía compartida es una falacia. Redistribuye la riqueza, pero no la comparte

Una característica común que define al profesional del mundo digital es la libertad. La innovación, la ruptura del orden establecido, la búsqueda de nuevas formas de colaboración son objetivos compartidos por los tecnólogos. El buen programador es el que tiene las dotes de un artista, como describe Paul Graham en su libro Hackers and painters. Tecnología y arte se suben al mismo barco, con destino a la libertad.

Poco después del estallido de la crisis financiera de 2008, un programador anónimo —bajo el pseudónimo de Satoshi Nakamoto— ideó un protocolo en código abierto para la creación de una moneda digital: el bitcoin. Pero la gran revolución de este proyecto no radica solo en la concepción de la criptomoneda, sino en la tecnología en que se fundamenta: la cadena de bloques o blockchain (BC).

La genialidad del blockchain está en poder verificar, actualizar y mantener todos los datos de la Red de manera descentralizada e independiente. Por un lado, permite solucionar el problema de doble gasto en un sistema de pagos descentralizados, asegurando que nadie utilice el mismo dinero digital dos veces; y, por otro, se elimina la necesidad de una entidad central que controle las transacciones.

Las disrupciones que implica BC superan a la propia llegada de Internet. La desintermediación está transformando industrias, pero la descentralización transformará la economía e incluso la política. Internet no solo será información, se convertirá en el universo del valor, limitando el intervencionismo en la vida social, económica y cultural, tal y como defienden los postulados del liberalismo…

La “criptoconfianza” cobrará cada vez más relevancia, defendiendo la libertad individual frente al poder de las instituciones y las grandes corporaciones. Frente al caduco modelo capitalista, se abre la posibilidad de una era posmaterialista democratizando la creación de riqueza y… se podría crear un nuevo modelo de democracia, en el que los políticos fuesen responsables ante los ciudadanos…

Decía Winston Churchill que la democracia es la peor forma de gobierno, con excepción de todas las demás. Quizás el blockchain nos ayude a mejorarla.