César Elvira

El teléfono móvil, desde su aparición en 1973, es una de las herramientas que más han evolucionado técnicamente y que en mayor medida han condicionado nuestra forma de relacionarnos, de un modo que trasciende la mera comunicación. Hoy es imposible imaginar la vida sin él.

Averiguar cómo evolucionará en el futuro nos obliga a un intenso y difícil ejercicio de imaginación, pues en sus orígenes pocos pensábamos que, cincuenta años después, este dispositivo sería ubicuo e imprescindible. No existe ningún otro cuya ausencia pueda desencadenar ansiedad y miedo a quedar incomunicado (nomofobia). Ninguno que un adulto promedio consulte de cien a doscientas veces al día, es decir, cada cinco o diez minutos durante las dieciséis horas de vigilia, con la consiguiente merma de la capacidad de atención y concentración en otras tareas o relaciones humanas.

Averiguar cómo evolucionará en el futuro nos obliga a un intenso y difícil ejercicio de imaginación

Ni la ciencia ficción fue capaz de intuir su desarrollo. Así, por ejemplo, en la serie televisiva Espacio 1999, emitida entre 1975 y 1977, aparecía un comunicador personal con teclado y pantalla, en blanco y negro, que, programado por un ordenador central, además de servir de teléfono, reloj y cronómetro, abría las puertas y daba acceso, según el perfil de cada usuario, a las distintas dependencias de la base lunar Alpha y sus transportes Eagle. Resulta curioso que, entre la multitud de funciones de los actuales móviles, no haya sido la de llave una de las primeras y más populares, lo que indica lo complicado de hacer predicciones.

Años antes, en 1966, otro clásico del género, Star Trek, había presentado un comunicador inalámbrico más simple, modelo que inspiró a Martin Cooper, uno de los inventores de Motorola. Casualmente la serie termina de emitirse en 1973, momento en que se lanza el primer Motorola DynaTAC 8000x, que tardaría otros diez años en comercializarse.

Como prueban las escasas semejanzas que existen entre aquellos primeros dispositivos y los actuales, tratar de adivinar el futuro desde el pasado es un empeño vano. A continuación voy a presentar las líneas de avance de los grandes grupos tecnológicos y sobre qué están investigando, para acercarnos al futuro.

Gafas inteligentes

Mark Zuckerberg, CEO de Meta, apuesta por las gafas inteligentes Orión, que, apoyándose en la realidad aumentada, además de facilitarnos una visión completa del entorno, junto con unos audífonos, nos permiten hablar y ver a nuestros interlocutores, así como traducir idiomas. Sustituirían a nuestros actuales dispositivos en las tareas de sacar fotos o mandar mensajes.

Para comercializar estos productos, Meta se apoya en marcas tan conocidas como Ray Ban (modelo Meta Wayfarer), que anuncia con reclamos como “videollamadas en manos libres. Gafas con IA para mostrar lo que ves”. Colabora asimismo con Oakley para ofrecer modelos más resistentes, enfocados a deportistas (Meta HSTN). Ambas están ya en el mercado.

Más gafas

Google, dentro del paraguas de Alphabet, y tras el aprendizaje obtenido con las Google Glass, que no tuvieron el impacto deseado, también está desarrollando sus gafas inteligentes. El prototipo llamado Martha incluye Android XR con realidad aumentada más la IA generativa Gemini, propia de Google. Su objetivo es que se adapten de forma nativa a la voz y a los gestos del usuario, por lo que prometen un uso muy diferente al de los teléfonos y relojes inteligentes actuales.

Cuanto más intrusivo sea el dispositivo, mayor será la pérdida de control sobre lo que hace

Algunas de las funcionalidades que podría incluir serían las siguientes: recibir mensajes y alertas directamente en tu campo visual, sin usar el móvil; obtener mediante la voz información útil del entorno; controlar la seguridad y la configuración, con la capacidad de resolver incidencias gracias al autoaprendizaje; identificar objetos y personas; traducir simultáneamente cualquier idioma o grabar lo que ve tu ojo desde las gafas como interfaz.

La pantalla con la información estará de momento solo disponible en la lente derecha. Desde el punto de vista comercial habrá un variado catálogo de modelos y precios según versiones, complejidad y funcionalidades. Otra empresa estadounidense de biotecnología, Calico LLC, creada por Bill Maris y apoyada por Google, tiene por objetivo “registrar datos” para combatir el envejecimiento.

Tatuajes electrónicos

Bill Gates, cofundador de Microsoft, crea su propio futuro invirtiendo en biowearables, tatuajes inteligentes con nanotecnología incorporada que añadirían funcionalidades sobre salud y pagos. Ya los está desarrollando la empresa tejana Chaotic Moon Studios.

Su propuesta pasa por usar una tinta que incorpora sensores que se adhieren a la piel. Desde ahí podrán, en tiempo real, recoger, procesar y enviar información biométrica para monitorizar las constantes vitales del usuario, lo que contribuye a desarrollar una medicina más preventiva. Estos tatuajes llevarían además información —al modo de una tarjeta bancaria— sobre el saldo, el nivel de crédito, los pagos por compras realizadas, fidelización, accesos, etc.

Implantes cerebrales

Elon Musk, CEO de SpaceX y Tesla entre sus más conocidas compañías, va mucho más allá. Apuesta por los implantes cerebrales desarrollados por su empresa Neuralink, en una inquietante y compleja conexión directa entre ordenador y cerebro.

Dispositivos del futuroTrabaja en dos tipos de implantes: uno para restaurar la visión y otro para restablecer las funciones corporales básicas en personas con daños en su médula espinal. Su BCI, interfaz computadora-cerebro, requiere que los pacientes se sometan a una cirugía cerebral invasiva, cuyas consecuencias aún están por ver.

El sistema se centra en Link, un pequeño implante que procesa y traduce señales neuronales. Estas interfaces no son nuevas, la UCLA las estudia desde 1970 para tratar de mejorar la vida de pacientes tetrapléjicos. Abordarían la comunicación con el exterior utilizando la neuromodulación para actuar sobre los nervios y, en el caso de que haya conexiones dañadas, servir de puente para volver a conectarlas, permitiendo el flujo eléctrico desde el cerebro a los órganos afectados. ¡Todo un reto científico y técnico!

En 2022 fueron noticia tres hombres que quedaron inválidos tras sufrir accidentes y que volvieron a andar después de que se les implantaran electrodos en la columna vertebral para reactivar las piernas. Fue un esperanzador avance que podría mejorar sustancialmente la vida de las personas con parálisis.

¿Y la privacidad?

Yo soy poco de tatuajes y menos aún de que me toquen el cerebro y me conviertan en un cíborg, por mucho que el futuro apunte en esa dirección. Pienso que se seguirán usando los actuales móviles como interfaz con las gafas, igual que ahora con los relojes inteligentes. Veremos qué tecnología se impone primero.

Por facilidad de uso serán las gafas, objeto muy familiar y conocido desde el siglo XIII; luego los tatuajes, que, con un diseño novedoso, harán que su feliz propietario esté a la última; y finalmente los implantes, por su dificultad tecnológica y médica. Lo que parece claro es que todas las soluciones brindarán opciones personalizadas a cada usuario, empleando la IA generativa con autoaprendizaje, más realidad aumentada y comunicaciones muy rápidas.

Como es obvio, avances de tal envergadura plantean numerosas dudas. Por ejemplo, unos dispositivos que se conectan a nuestro cuerpo o ropa —como sensores, relojes, gafas, pulseras, tatuajes e implantes— y recogen y transmiten datos sobre la salud ¿deben ser considerados simples accesorios o aparatos médicos? Yo estoy con Rafael Yuste, neurobiólogo catedrático de la Universidad de Columbia, que apuesta por la segunda opción. Y ahí es crucial la privacidad y seguridad de la información como derechos primordiales del individuo: cuanto más intrusivo sea el dispositivo, mayor será la pérdida de control sobre lo que hace, dónde almacena nuestros datos y quién tiene acceso a ellos.

Otra inquietud: parece inevitable que empresas privadas y gobiernos poco respetuosos con sus ciudadanos se vean tentados a controlar más de lo debido, olvidando ética e individualidad para lucrarse, las primeras, o para laminar derechos civiles en aras de un supuesto bien colectivo mayor, los segundos. ¿Un nuevo comunismo digital nos acecha?

En esta línea, Mark Zuckerberg ya dijo en 2010 que “la privacidad ha dejado de ser una norma social, un derecho”. El Gran Hermano, con nuestra complicidad, cada día lo tiene más fácil. Y esa pérdida de libertad y privacidad como individuo me preocupa enormemente

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César Elvira
Formación: Físico. Profesión: Tecnologías de la Información en el sector Energía. Vocación: la Historia y los Libros, escribir algo y leer mucho.