El crecimiento descontrolado de la infraestructura TI no es un fenómeno nuevo. Se gestó con la llegada del cloud y el cambio de modelo desde una inversión controlada (CAPEX) a esquemas de consumo bajo demanda (OPEX). La problemática se agudizó a partir de 2018 con la digitalización acelerada —impulsada por el auge del mobile, las API y los microservicios—, que elevó la cantidad de recursos y también la complejidad.
Posteriormente, la pandemia intensificó esta tendencia. La urgencia por digitalizar procesos llevó a las empresas a priorizar la velocidad sobre la eficiencia. Más recientemente, la irrupción de la inteligencia artificial ha convertido el problema en un desafío estructural, al multiplicar exponencialmente la capacidad para desarrollar más software, con el consiguiente impacto en el consumo de recursos y energía.
En este contexto de explosión de la IA, del procesamiento masivo de datos y de la dependencia creciente de infraestructuras tecnológicas cada vez más complejas, los centros de datos ya no son solo soportes operativos, sino activos estratégicos de los que depende la competitividad de empresas y países.
El aumento del consumo energético, la presión sobre los recursos y el incremento del gasto en infraestructura plantean una ecuación difícil de resolver. El modelo basado en una infraestructura que crece constantemente tiene límites. El reto es global y costoso. A modo de ejemplo, estimamos que solo en sistemas mainframe el consumo supera los 15.000 millones de euros, mientras que en entornos Oracle asciende a más de 21.600 millones.
Mejorar el rendimiento es más rentable y sostenible que invertir en infraestructura
Sin embargo, existe un potencial enorme de ahorro asociado a la mejora del rendimiento. En este escenario, la optimización del software se constituye en factor diferencial, no solo desde el punto de vista de la eficiencia operativa, sino también desde el de la sostenibilidad económica y medioambiental.
Pero es necesario reconducir una conversación que en los últimos tiempos se ha centrado en la escalabilidad (más capacidad de procesamiento, almacenamiento…). Crecer, sin duda, pero de forma eficiente y sostenible.
Optimizar el rendimiento tecnológico significa extraer el máximo valor de los recursos existentes. Implica analizar, medir y ajustar continuamente el comportamiento de aplicaciones y sistemas para eliminar ineficiencias y reducir el consumo de infraestructura: por ejemplo, el consumo innecesario de capacidad de procesamiento (MSU en el mundo mainframe), memoria y almacenamiento. Unas mejoras que, además, vendrán acompañadas de menores tiempos de respuesta.
Durante años nos hemos centrado en la infraestructura. Sin embargo, la ineficiencia no reside en el hardware, sino en el software. El gasto en infraestructura, cada vez mayor, resulta de la ineficiencia del software. En el fondo, el problema nace de la brecha estructural existente entre los equipos de desarrollo y operaciones. El primero construye software sin ver su impacto en la producción; el segundo gestiona el consumo sin capacidad de actuar sobre la causa raíz de su crecimiento o potencial optimización.
Ajustar la infraestructura
En la cultura del rendimiento, la optimización continua sustituye a los modelos reactivos tradicionales al anticipar y eliminar sobrecostes derivados de ineficiencias del software. La mejora del rendimiento deja de ser una iniciativa puntual para convertirse en una capacidad operativa permanente, al mismo nivel que la seguridad o el cumplimiento normativo.
Esta optimización tiene un impacto directo en los costes. En muchas organizaciones, una parte significativa del gasto en TI proviene de infraestructuras sobredimensionadas o infrautilizadas, fruto de decisiones que incrementan el gasto sin aportar valor debido a la falta de visibilidad y, sobre todo, de capacidad para actuar sobre el rendimiento real de las aplicaciones.
Hay que romper esta dinámica. La mejora del rendimiento permite evitar ampliaciones de infraestructura, eliminar sobrecapacidad y ajustar el consumo a las necesidades del negocio, asegurando la eficiencia operativa. No es una cuestión teórica. En entornos reales, nuestra plataforma BOA reduce un 15% de media los costes totales de las infraestructuras y hasta un 30% los tiempos de respuesta.
BOA identifica ineficiencias en el código, consultas a bases de datos y flujos de proceso que provocan consumo excesivo de CPU, memoria o disco; recomienda cambios y es capaz de simular el impacto antes de aplicarlos, lo que permite priorizar las mejoras con mayor retorno.
Además, con un número reducido de mejoras se consigue un gran rédito: apenas el 0,4% de los componentes puede llegar a concentrar cerca del 40% del coste total de la infraestructura, lo que demuestra cómo las pequeñas ineficiencias pueden causar un impacto desproporcionado a su tamaño.
Mejorar el rendimiento y la sostenibilidad
El consumo energético de los centros de datos también es una preocupación global. Según datos de la Agencia Internacional de Energía (IEA), en 2024 rondó los 415 TWh (1,5% del total a nivel global) con un incremento del 12% anual durante los cinco años previos. Su previsión es que alcance 945 TWh en 2030 (12 TWh solo en España).
En este aspecto, la eficiencia requiere actuar tanto desde el ámbito del hardware como desde el del software, ya que, en muchos casos, las aplicaciones no aprovechan de forma eficiente los recursos disponibles. Este hecho genera un desperdicio que, multiplicado a escala, tiene un impacto muy considerable.
Cada ciclo de procesamiento innecesario, cada recurso infrautilizado, comporta un coste energético. Al mejorar la eficiencia de las aplicaciones y reducir el consumo de recursos, el impacto medioambiental disminuye. Se trata de hacer más con menos, de obtener mejores resultados utilizando menos infraestructura.
La cultura del rendimiento prioriza la optimización continua para anticipar fallos de software y evitar sobrecostes
Aparte de en los centros de datos, esta mejora del rendimiento también es clave en la adopción del modelo cloud. La nube promete flexibilidad y escalabilidad, pero puede derivar —y así está sucediendo en muchas empresas— en un incremento descontrolado del gasto. La optimización permite utilizar estos entornos de forma eficiente, lo que evita sobrecostes y mejora el retorno de la inversión.
Al mismo tiempo, la presión regulatoria y social en torno a la sostenibilidad sigue aumentando. Empresas e instituciones deben demostrar su compromiso con la reducción del impacto ambiental y, en este contexto, la eficiencia tecnológica es un elemento diferenciador. Por ello, las organizaciones capaces de optimizar su rendimiento no solo conseguirán reducir sus costes, también lograrán que se las perciba como más responsables.
No se trata de frenar el avance, sino de hacerlo sostenible. Necesitamos infraestructuras robustas, pero también sistemas eficientes que no disparen el consumo de recursos. La mejora del rendimiento permite avanzar en esa dirección: crecer sin perder el control, innovar sin disparar los costes y construir un modelo tecnológico más responsable.
Estamos ante un cambio de paradigma. Cuando cada recurso cuenta, la optimización trasciende la técnica y se convierte en un principio de negocio. Mejorar el rendimiento es más rentable y sostenible que invertir en infraestructura. Porque el éxito no será de quien tenga más recursos, sino de quien los utilice mejor.






























