Michio Kaku, excelente divulgador y físico teórico del City College de Nueva York, piensa que la inteligencia no fue determinante para nuestra supervivencia y éxito como especie. Sí fue esencial para el Homo habilis que desarrollara el pulgar oponible y la visión estereoscópica, y para el Homo sapiens que creara el lenguaje y la escritura, así como que caminara erguido.
Estas cualidades no las desarrollaron otros depredadores ni el resto de los animales con los que competíamos en los inicios de nuestra aventura planetaria.
Según el escritor José Antonio Marina, como Sapiens, arrastramos errores evolutivos claros, atajos o parches, como bugs informáticos, consecuencias de una deficiente programación inicial.
Improvisada pero funcional
Un kluge es una chapuza evolutiva, eficaz pero débil, que resuelve un problema de manera temporal al precio de introducir una vulnerabilidad en el sistema que provocará comportamientos incorrectos o inesperados. Algunos ejemplos:
- Usar los mismos conductos para respirar y comer, o para reproducirse y evacuar líquidos de desecho.
- Que los gametos no se desarrollen bien a nuestra temperatura corporal.
- Que las vértebras, diseñadas para animales de cuatro patas, deban soportar excesivo peso al ser bípedos.
- El no poder sintetizar colágeno para regenerar nuestros tejidos sin tener que tomar vitamina C.
- Pies poco flexibles, con multitud de huesos.
- Los puntos ciegos en cada ojo.
- El cerebro, construido con superposiciones nuevas (neocórtex) sobre estructuras antiguas (encéfalo).
Todo esto y mucho más son cuestiones que una larga evolución no consiguió corregir.
Crear objetos, comunicarnos y escribir fueron hitos cruciales para avanzar y transmitir información y conocimiento más rápido que ninguna otra especie, aunque a priori estas cualidades no aportaban mayores ventajas: éramos más lentos y débiles, con menor capacidad craneal que los neandertales, que sobrevivieron durante 360.000 años y de cuyo ADN aún conservamos un 2%.
¿Qué determinó nuestro éxito?
El Homo sapiens está en el planeta desde hace unos 250.000 años. Guardamos registros escritos desde hace unos cinco mil años. ¡Solo un 2%! El resto es un inmenso vacío de desconocimiento.
¿Y si las IA adquieren otras habilidades determinantes para su supervivencia lejos de nuestra inteligencia?
Desde el punto de vista temporal, los dinosaurios fueron más exitosos que nosotros, pues ocuparon la Tierra durante doscientos millones de años. Aunque no eran inteligentes ni desarrollaron conciencia, se adaptaron mejor en un mundo de cambios lentos. Sí, se extinguieron, igual que nos sucedería hoy a nosotros, Sapiens, ante un cataclismo estelar o epidemia súbita, aun considerándonos más inteligentes que cualquier otra especie.
Quizá fueron nuestras capacidades de soñar, imaginar el futuro, crear mitos y dioses, o construir herramientas las que nos dieron ventaja. Materia que pensaba y se preguntaba sobre la misma materia con la que estaba construida, como decía el astrofísico y divulgador Carl Sagan. Aunque hoy parece cuestionarse todo y se pone en duda nuestra inteligencia humana (IH) frente a las novedosas inteligencias no humanas (IA). Creaciones nuestras, no lo olvidemos, que progresan de forma exponencial mientras que nosotros pensamos de modo lineal.
El éxito de la IA lo determinará una evolución continua y mejorada de lo que son, con autoaprendizaje acelerado gracias a los datos que les facilitamos gratis, para avanzar velozmente, más de lo que somos capaces de asimilar las IH.
Una labor minuciosa de minería y expurgo, entre toda la ganga de datos, para obtener lo valioso, la mena, utilizando una analogía minera. Ambas, IH e IA, necesitamos energía e información. Aunque las IA procesan ambas mejor que las IH, y sin la limitación biológica de necesitar transformar alimentos, agua y oxígeno en energía, generando desperdicios.
¿Pueden pensar las máquinas?
Si esta pregunta que se hizo Alan Turing en 1950 nos produce hoy todo tipo de reacciones, imaginemos hace setenta y cinco años, cuando la máquina era un mecanismo o herramienta que ejecutaba trabajos repetitivos con cierta precisión. Para no enredarse en temas filosóficos —por otra parte, muy gratificantes para la IH que esto escribe—, Turing cambió también la pregunta por: “¿Pueden las máquinas hacer lo que hacemos nosotros?”. Esto nos dejó más tranquilos, ya que estas se limitaban solo a imitarnos y las despojábamos de inteligencia.
Quizá nuestras capacidades de soñar, imaginar el futuro, crear mitos y dioses, o construir herramientas nos dieron ventaja
La RAE define pensar como “formar o combinar ideas o juicios en la mente”. En sus circuitos, que no mente, las máquinas comparan y combinan datos, evalúan probabilidades, pero aún no formulan ideas propias ni juicios.
¿Neuronas humanas o circuitos artificiales? ¿Carbono o silicio? Parece ser que el primero ha sido razonablemente eficiente para el desarrollo humano (kluges mediante) con mucho tiempo por delante. ¿Será el segundo, el silicio, el componente óptimo para una nueva evolución mejorada y acelerada?
Asimismo, la RAE define inteligencia como “la capacidad de comprender y entender”. Hoy por hoy las máquinas ni comprenden ni entienden (alguien malévolamente puede decir que algunos humanos tampoco); eso sí, buscan, comparan, miden y manejan datos rápida y fríamente. Calculan sin emociones. El cerebro humano, como interpreta, se equivoca; y como es emocional, se equivoca más.
El entorno social de las IA
Mucho antes que Epicuro, Demócrito decía que “el placer y el dolor [cualidades tan humanas] constituyen el criterio de lo útil y lo perjudicial”. Si le cuento a una IA todo esto, ¿sabe de lo que estamos hablando, lo siente? ¿Queremos que nos copien en lo bueno y útil, o en lo menos bueno y perjudicial? ¿O que surjan variaciones divergentes de la IH?
No podemos mirar un objeto sin alterarlo, pues necesitamos iluminarlo físicamente y cribarlo a través de nuestras circunstancias personales, culturales y sociales. ¿Cómo lo hace una IA? ¿Una misma silla vista por un anticuario, por una persona fatigada o por una IA tienen la misma representación? ¿Esa incertidumbre al percibir la realidad la experimentan también las IA?
La IH ha sido y es una facultad individual que surge y se expresa en un entorno social, que favorece su cultivo o desarrollo o lo reprime. ¿Qué entorno social tienen las IA? Los datos repartidos por los servidores de todo el planeta en infinitas nubes ¿servirían como entorno o no necesitan ninguno? ¿Y si las IA adquieren otras habilidades determinantes para su supervivencia lejos de nuestra inteligencia?
La estadística señala que el 1% de las IH presentan trastornos de personalidad antisocial. ¿Más errores evolutivos? Estos comportamientos nada deseables y absolutamente reprobables en un ser humano (pero tan humanos, en definitiva) ¿lo serían igualmente en una IA? ¿Y si quienes las diseñan o programan los tienen? ¿Crearíamos IA con trastornos tan humanos como el TDAH que, ante la avalancha de datos, pierdan interés y atención? ¿Se volverían imprecisas, inseguras e inciertas?
Los seres humanos somos inteligentes en la medida en que actuamos para cumplir unos objetivos
Si las IA caminaran solas, sin nuestra ayuda, ¿qué sendero tomarían: humanizarse u otro totalmente diferente que nos deje fuera de la ecuación sin darnos cuenta? Las IH tenemos que lograr que las IA se impregnen de valores, de moral y ética, de lo mejor del ser humano, para que sigan su propio camino, pero ¿de qué valores hablamos? Porque cada sociedad y cultura tiene los suyos.
Debemos tomar decisiones, y rápido, pero pensando con calma, que es la forma de poder pasar a la acción con garantías. Nuestro razonamiento, que es pensamiento más discernimiento, ha sido muy válido hasta hoy. ¿Lo será a partir de ahora?
Los seres humanos somos inteligentes en la medida en que actuamos para cumplir unos objetivos, ahí demostramos todas nuestras capacidades inventivas y colaborativas. Ante los retos y las dificultades nos crecemos, pero ¿qué objetivos tienen las IA que estamos diseñando? ¿Nos complementarán y ayudarán a ser mejores o crearán sus propios objetivos independientes de los nuestros?
Si toman conciencia, algo aún por ver, ¿cooperarán con nosotros o nos harán prescindibles y se bastarán con su capacidad de cálculo y análisis, al margen de nuestra inteligencia? Demasiadas preguntas con muchas respuestas que abren infinidad de caminos posibles. Dependerá —depende— solo de nosotros, de nuestra inteligencia. ¿O tal vez ya no?































