El recién ganador del Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025, el filósofo surcoreanoalemán ByungChul Han, tiene un ensayo desasosegador en el que detalla que la excesiva digitalización que vivimos nos conduce a un régimen donde manda la información, y esto conlleva una pérdida de libertades que hace peligrar la misma democracia.
Donde la haya, claro está, pues, de los 167 países analizados por el Índice de Democracia 2024, solo 25 son democracias plenas, 46 son democracias imperfectas (España está aquí) y los 96 países restantes no lo son. ¡Más de la mitad del planeta aún no disfruta de libertades en pleno siglo XXI!
Existe una nueva forma de dominio colectivo en la que los algoritmos lo determinan casi todo: desde cómo nos relacionamos, compramos y trabajamos, hasta cómo entendemos el ocio, la política, el aprendizaje, la economía y el mundo en general. Con sus sesgos, filtros, debilidades, amenazas, fortalezas y oportunidades. La infocracia no es democracia, ni tecnocracia, ni dictadura: es un nuevo modelo donde los flujos de información y quienes los manejan dominan la realidad social, política y económica.
El régimen de la información
Si en el pasado las formas de obtener poder eran las invasiones, el control de territorios, rutas comerciales, medios de producción y fuentes de energía, hoy a todo eso se añade la abrumadora cantidad de datos que se usan para manejarnos sin que nos demos cuenta. Este nuevo régimen de la información, unido a un capitalismo depredador, rozando el comunismo deshumanizador, acarrea el control y la vigilancia sobre los individuos y, por consecuencia, la pérdida de libertades en aras de una supuesta mayor seguridad y bienestar: ¡No pienses demasiado, ya lo hacemos por ti, solo déjate llevar!
Estamos pasando de ser herramientas productivas a subsidiados, de fuerza de trabajo a ganado digital, quizá más invisible pero no menos prescindible. En este modelo híbrido capitalcomunista de la información, nos sentimos más libres, pero somos más frágiles y transparentes: más perdidos y desamparados, en medio del control ejercido por los creadores de esos algoritmos que saben casi todo de nosotros.
Cada clic, consulta, lectura o compra deja un rastro digital que, gracias a herramientas capaces de desmenuzar todo ese big data, nos analiza y clasifica sin que podamos evitarlo. El teléfono inteligente que nos acompaña a todas partes, fuente de conectividad y utilidad, es también la herramienta perfecta para nuestro seguimiento y control.
Michel Foucault describe esa soledad que padecemos como el primer paso hacia la sumisión total, individual y colectiva. El Gran Hermano de Orwell nos vigila incansablemente, con el contrasentido de que nos creemos menos vigilados y más libres, en una prisión de la que no vemos ni puertas ni barrotes.
La reciente normativa en China que exige a los influencers demostrar formación o conocimientos antes de poder hablar de ciertos temas plantea una duda: ¿se busca evitar opiniones triviales o facilitar el control de un número reducido de voces por un Estado tremendamente intrusivo y vigilante?
Por cierto, España, con la Ley General de Comunicación Audiovisual y el Real Decreto 444/2024, es el segundo país europeo, tras Francia, en regular a los influencers, descritos como quienes realizan una “actividad de influencia comercial significativa por medios electrónicos y obtienen ingresos”.
El Flagship Store de Apple en Nueva York, un cubo de cristal, evoca una pregunta: ¿transparencia y visibilidad o pérdida de libertad y privacidad en una prisión de cristal? ¿Lo vemos como una señal de que nada se oculta, o lo que se oculta no lo vemos? Su contrapunto simbólico podría ser la Kaaba, el cubo sagrado cubierto por un manto negro en La Meca, solo accesible a los sacerdotes. ¿Dos formas de la misma realidad o realidades distintas en épocas diferentes? Es una comparación que plantea ByungChul Han.
Transparencia y control
En las redes sociales somos transparentes como ese cubo de Apple, aunque la dominación y el control se parecen más a la Kaaba: ocultos, jerárquicos, casi inalcanzables. Cuanto más luminoso y cálido parece un castillo, más lóbregas y frías son sus mazmorras. Esta transparencia tiene sus celdas en la vigilancia constante y en la pérdida de libertad creciente.
El poder de las redes sociales ya no se ejerce ordenando, mandando o censurando (aunque también produce autocensura, quizá peor): hoy sugiere, susurra, lleva. Si tu voz se aparta del pensamiento mayoritario, si se considera incómoda, surgen voces que la denigran hasta que eres bloqueado, excluido y aislado. Así, la opinión pública se moldea con narrativas, microsegmentación y control de la atención.
¿Estamos dispuestos a cambiar nuestras democracias imperfectas por regímenes donde los algoritmos decidan prácticamente todo?
Es demoledora la frase de ByungChul Han de que todos participamos en una eucaristía digital, donde el like es el amén. En esta liturgia, podemos desconectar por aburrimiento, seguir por costumbre, participar activamente o incluso caer en el fanatismo. Pero pocos quieren quedar al margen.
No somos solo espectadores y consumidores de información; también somos emisores y productores de datos: infodemia. Había una frase dura y triste, pero muy real, que usaba la NKVD, órgano represor de Stalin: “No es mérito tuyo no tener antecedentes penales, sino error nuestro”. Imagina un tirano como él con el poder de conocer la personalidad, la vida, los gustos y las debilidades de cada ciudadano. Antes, esa información se archivaba en fichas de papel; hoy, ese terror no se percibe, pero es más cercano y preocupante.
Nunca estuve de acuerdo con la idea de que “la información es poder”. El poder es lo que hacemos con esa información, que se ha convertido en un arma que se propaga como un virus, muta con increíble rapidez y resulta difícil de contener.
El medio es el mensaje
La desinformación no es nueva, pero vuela más rápido que la verdad: antes de que se pueda verificar o replicar, ya ha hecho efecto. La máxima de que “calumnia que algo queda” cobra ahora todo su sentido. Rara vez hemos estado tan desprotegidos ante la mentira como ahora, y esto genera desconfianza y desinterés por casi todo. Si de todo se duda, ¿en qué se puede creer? La verdad no hace ruido, al contrario que la desinformación. Si todo es ruido, nada resulta fácilmente verificable, y esa sobrecarga puede ser tan eficaz como la antigua censura. ¿La era de las certidumbres ha terminado? ¿Hubo alguna vez una era de la verdad?
El microtargeting político y comercial, con sus dark ads, amenaza a nuestras democracias frágiles. Cada votante o consumidor recibe un mensaje personalizado, diseñado para condicionar e incluso manipular y dividir. Estas campañas invisibles polarizan, crispan, envenenan la convivencia y, en el río revuelto, permiten que pesquen individuos sin escrúpulos y grupos de poder con intereses poco claros. Pero el fin es siempre el mismo.
Así como sin la imprenta no habría sido posible el Renacimiento ni la Ilustración, que potenciaron la razón sobre el dogma, hoy la conectividad total y el big data fomentan creencias cómodas frente a la razón. ¿Avance o involución?
Vivimos una cultura de lo efímero y superficial, donde el discurso público se caracteriza por una avalancha de información, más que por la claridad. Es un ruido intoxicado, manipulado por manos y mentes que no vemos, que enfrenta más que une, y que presenta hechos, aunque poco importe que sean ciertos. La frase de Marshall McLuhan de que “el medio es el mensaje” es tremendamente actual: la forma se vuelve más importante que el fondo.
¿Estamos dispuestos a cambiar nuestras democracias imperfectas, cierto es, por regímenes donde algoritmos, las IA, big data (infodemia) e IoT (Internet de las Cosas) decidan prácticamente todo? ¿Queremos gobiernos de la información que reduzcan al individuo a un conjunto de datos? ¿Podemos hacer algo? ¿Lo queremos hacer?































