Hablamos sobre la eficiencia en los servicios bancarios. El dinero es un objeto que se fabrica y se transporta, y tiene una huella de carbono, pero, comparativamente con otras actividades económicas, es relativamente pequeña.

Según datos del BCE, el uso de los billetes de euro por persona y año apenas equivale a conducir ocho kilómetros en un coche en cuanto a emisiones, y eso incluye su fabricación, distribución y destrucción al final de su ciclo de vida. Además, en la actualidad muchos de los billetes del mundo se fabrican a partir de productos naturales, y usando más energías renovables y menos agua en el proceso.

Sin embargo, la entrada de la tecnología ha sido la que —paradójicamente— ha encarecido el coste medioambiental. Podría ser natural asumir que la banca y las transacciones electrónicas son más verdes, teniendo en cuenta que no se requiere la misma infraestructura física (sucursales, servicios de dinero en tránsito, fabricación…); pero los procesos digitales dependen de un mayor consumo energético para el procesamiento y la gestión de datos y las comunicaciones.

Paradójicamente, la entrada de la tecnología ha sido la que ha encarecido el coste medioambiental del dinero

Sin olvidar que tecnologías como la inteligencia artificial suponen un incremento exponencial de la capacidad de los centros de datos y, con él, de su gasto energético, del consumo de agua para la refrigeración de estas instalaciones.

Dinero más verde

Los servicios bancarios digitales y los pagos contactless son parte de estos procesos bancarios que son especialmente consumidores de energía. Pero, además, hay que tener en cuenta que se trata de un servicio que es esencial, del que no se puede prescindir, pero lo que sí se puede hacer es reducir su impacto para hacerlos más eficientes, por ejemplo, utilizando energías renovables.

Los ATM o cajeros automáticos son una de las infraestructuras más energéticamente demandantes. Por ejemplo, el Banco Central Europeo estima que el 37% del impacto medioambiental de los billetes de euro es atribuible al consumo de electricidad de los ATM. Son parte del problema, pero también de la solución.

Dar pasos hacia la mejora de la eficiencia energética de la flota de ATM en el sector bancario puede suponer una gran reducción de la huella de carbono, empezando por una renovación de los dispositivos en favor de otros más eficientes y con funcionalidades para la gestión inteligente de la energía, como iluminación LED de bajo consumo, sensores ambientales de luz y módulos para la provisión de suministros y electrónica más eficientes.

El Banco Central Europeo estima que el 37% del impacto medioambiental de los billetes de euro es atribuible al consumo de electricidad de los ATM

El segundo mayor contribuyente a la huella de carbono del dinero físico es la distribución del efectivo, específicamente las llamadas compañías de cash-in-transit. Aquí se puede incidir tanto en la distribución (que se realiza físicamente) buscando un menor consumo de combustible (o, mejor, el uso de combustibles verdes), como en una optimización de las rutas realizando analíticas del dinero entrante y saliente, combinadas con datos históricos por día de la semana, estación, etc. El objetivo es gestionar la distribución de manera más eficiente y reducir el número de trayectos.

En general, cuando los bancos y los ATM utilizan la IA y el machine learning de manera consciente (conociendo su potencial de emisiones y reduciéndolo en lo posible), los resultados pueden ser extraordinarios.

La modernización es la clave

Aunque muchos bancos todavía se basan en procesos manuales o funciones matemáticas básicas para la gestión del efectivo, automatizar este proceso no solo permite una planificación de intervenciones más eficiente, sino también la reducción de desperdicios relacionados con los costes de gestión de órdenes innecesarias, hasta en un 25%.

La sostenibilidad del dinero está en el uso de un dinero más verde, aspirando al net zero en su fabricación, pero también en cada uno de los procesos y partners de la cadena de valor, incluyendo al usuario final (cómo llega el dinero a sus manos y cómo lo gestionan). Las entidades, por su parte, tienen en su mano tecnologías que ayudan a contrarrestar las emisiones. Un círculo virtuoso que deberíamos poder conseguir entre todos los responsables de este sector.

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