La labor de los padres y las lecturas de la niñez, estoy convencido, marcan en gran medida la vida adulta, o al menos señalan un camino. El joven del que les quiero hablar nació en Sudáfrica y, de niño, alentado por su padre, ingeniero, y por las lecturas sobre el espacio, construía pequeños cohetes y seguía con pasión el incipiente programa espacial.
¿Qué lleva a un niño a pensar que la humanidad puede extinguirse como especie y la única salvación son las estrellas?
Además de las naves espaciales, le encantaban los negocios y los ordenadores. A los nueve años le regalan un Commodore con lenguaje Basic; a los doce, programa y vende —por quinientos dólares— un juego llamado Blastar.
Nuestro joven decide dejar a su acomodada familia e irse, primero a Canadá y luego a EE. UU., donde estudia física y economía en la Universidad de Pensilvania. Ahí duda qué hacer: ¿seguir los pasos de ingeniero de su padre para construir cohetes o entrar en el mundo empresarial de la informática para ganar dinero y financiar su visión? Ser especialista o generalista; decantarse por la técnica o por la gestión.
Para SpaceX “el error sí es una opción. Si las cosas no fallan es que no estás innovando lo suficiente”
Al poco tiempo de comenzar su doctorado en física aplicada en Stanford, abandona y se lanza al mundo de los negocios por internet. En 1995 pide un préstamo de 30.000 dólares y monta una empresa de software. En 1998 la vende a Compaq por 341 millones de dólares, de los que le corresponden 22 que reinvierte en una empresa llamada X.com, más tarde PayPal. En 2002, eBay compró PayPal por 1500 millones de dólares, de los que nuestro protagonista se embolsó 165. Vuelve a reinvertir el 90% de ese capital para crear SpaceX, en 2002, y un año después Tesla Motors.
Elon Musk
La apuesta de quien les hablo, Elon Musk, no se aleja de su visión: generar el suficiente capital para poder financiar la costosísima carrera espacial y, de paso, aprender y utilizar la tecnología de esas empresas para alcanzar su objetivo. Destacado business angel, vigila startups y posee varias, como Solar City (paneles solares), Neuralink (conexión del cerebro humano a los ordenadores) y The Boring Company (dedicada a construir túneles). ¿Está pensando ya en perforar Marte para extraer minerales?
Uno de los grandes inconvenientes de la aventura espacial es que es intensiva en capital, plazos y riesgo en vidas. Por esta razón, Musk comenzó a pensar distinto y a reutilizar los cohetes, que habitualmente se desechaban tras cada lanzamiento, con lo que logró reducir a una décima parte el coste. Así creó el portador Falcon (sí, en honor al Halcón Milenario de Star Wars), para poner en órbita la cápsula Dragon (nombre de la canción Puff, the Magic Dragon).
El programa para llegar a la Luna tuvo un coste global de 28.000 millones de dólares (unos 288.400 millones a precio actual). Requirió, además, la participación de medio millón de técnicos especialistas en los cinco subproyectos principales: Ranger, Surveyor, Mercury, Gemini y Apolo. Solo el coste de una misión, la del Apolo 11, que nos llevó a pisar suelo lunar en 1969, fue de 6000 millones de dólares. Volver hoy a la Luna con nueva tecnología (Proyecto Artemis) costará 30.000 millones, sin sumar las desviaciones e imprevistos que están surgiendo.
Paso a la competencia
Boeing, que diseñó los cohetes Saturno V y que puso al hombre en la Luna, dice que sus nuevos propulsores serán los que nos lleven a Marte, y no los Falcon de Musk. El SLS de Boeing puede colocar en el espacio una carga de 130 toneladas mientras que el Falcon de SpaceX se queda en 64 toneladas, eso sí, a un coste mucho menor: 2200 dólares por kilogramo, la tarifa más barata del mercado y un 10% del coste habitual.
Según la NASA, la competencia siempre es bienvenida. La filosofía de la agencia de que “el error no es una opción” quedó grabada tras los accidentes fatales del Apolo I (en 1967 murieron tres astronautas) y de los trasbordadores Challenger y Columbia (en 1983 y 2003, con la pérdida de catorce astronautas). Por el contrario, para SpaceX “el error sí es una opción.
La apuesta es generar capital para financiar la carrera espacial y, de paso, utilizar la tecnología de esas empresas para alcanzar su objetivo
Si las cosas no fallan es que no estás innovando lo suficiente”. Aunque preguntado Musk si viajaría a Marte, dijo que “la probabilidad de morir en el primer viaje era bastante alta”, para añadir con humor: “me gustaría morir en Marte, pero no en el impacto”.
Para llegar al Planeta Rojo vamos a necesitar, además de lo último en tecnología, el apoyo político y también el interés y beneplácito de la opinión pública para dedicar a esa tarea ingentes cantidades de recursos.
El actual ambiente de guerras que implican a las grandes economías no parece el momento propicio. Si para llegar a la Luna, en la década de los sesenta del pasado siglo, la palabra clave para conseguir fondos era “Rusia”, no creo que hoy baste decir “China” para volver a la Luna y seguir hacia Marte. Nos hará falta otra motivación. Un asteroide que pase demasiado cerca, un estallido cósmico de rayos gamma que dañe parte de los sistemas electrónicos o una megaerupción volcánica, como sucedió en el pasado, pueden ser empujones necesarios, aunque nada deseables.
Tras estos magnates inconformistas y excéntricos, que buscan titulares, hay una estudiada puesta en escena que no se desvía un ápice de su visión
¿Llegaremos a Marte con empresas públicas como la NASA, o privadas como SpaceX de Elon Musk; Blue Origin, de Jeff Bezos (dueño de Amazon y de The Washington Post); o Virgin Galactic, de Richard Branson (Virgin Group)? No olvidemos que, tras estos magnates inconformistas y excéntricos, que buscan titulares, hay una estudiada puesta en escena que no se desvía un ápice de su visión. ¿O, por el contrario, será la hermética China con su CNSA (Administración Espacial Nacional China) o LandSpace, homóloga privada, con sus cohetes Zhuque reutilizables, quienes lo conseguirán? Europeos y rusos han demostrado su interés en Marte, pero poca voluntad real, por desunión y falta de visión los primeros y prioridades militares los segundos.
Mi deseo, si sirviera de algo, es que fuese una combinación público-privada con los mejores recursos mundiales bajo bandera internacional la que situara al primer humano en Marte.
Hoy parece que multimillonarios privados, como Musk, toman la delantera frente a organismos más burocratizados, como la NASA. El coste de un programa que permitiera alcanzar Marte se estima entre 400.000 y 500.000 millones de dólares: ¡veinte veces el PIB anual de EE. UU.! ¿Qué arcas públicas son capaces de sufragar algo así? Musk dice que puede construir y lanzar su cohete por solo 10.000 millones de dólares; ¿realidad u otra provocación del magnate?
La Tierra, nuestro frágil planeta, ese punto azul pálido, según el astrónomo Carl Sagan, es único, una mota de polvo en la inmensidad del espacio; no hay salvavidas si algo sale mal aquí. La aventura es enorme, el desafío inmenso, pero el riesgo de no hacer nada es aún mayor. Es necesario pensar en salir de nuestro planeta, pues es el único camino de sobrevivir como especie.






























